 |
Quiénes somos
Ediciones de Aquí, nuestro nombre de pila hasta que no hace mucho lo abreviamos para adecuarlo a “este siglo de siglas”, según Dámaso Alonso, la fundamos Fernando Mateo y yo en 2001 en Benalmádena. Fernando Mateo es maestro encuadernador, restaura libros antiguos y algunas joyas bibliográficas han pasado por sus manos, las tiene prodigiosas para esos menesteres. De vez en cuando encuaderna un puñado de hojas en blanco y las vende en su taller a la gente que tiene algo que decirse. Yo por mi parte siempre (bueno, casi siempre) he andado en el empeño de embadurnar de negro páginas en blanco, con mis propias letras o con las de otros. Siempre (bueno, casi) he andado entre los maestros impresores malagueños (los hermanos Andrade, Rafael León, Salvador López Becerra, Rafael Inglada), esos que hacían los famosos “Papelitos malagueños” como los llamaba Luis Antonio de Villena, fascinado siempre por sus juegos tipográficos y su elegancia editora (que viene, por cierto, de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, fundadores ambos, como saben, de una gran tradición impresora en Málaga que continuó luego el ínclito Bernabé Fernández Canivell, cónsul de la poesía española) .
De manera que las páginas en blanco de Fernando y mis letras dieron naturalmente en unirse en una aventura (que no otra cosa es esto de adentrarse en el proceloso mundo editorial) que persiste sobre todo, como no se les escapará a nadie, por las ganas que le ponemos.
Recientemente se ha unido a esta dislocada empresa un elemento clave, más como sufridor que como otra cosa, se trata de Juan Jesús Castillo. Él se encarga de estampar en su imprenta los pliegos de cada uno de los disparatados proyectos que le proponemos. Su paciencia es infinita, como debe ser la de un impresor.
No publicamos demasiados libros al año, entre otras cosas porque no somos una potencia económica, pero también porque no deseamos inundar las librerías, bastante inundadas ya, dicho sea de paso, con cientos, si no miles, de subproductos literarios. Lo nuestro no es la producción industrial seriada. Cada libro que publicamos es el único y le prestamos toda nuestra atención y nuestro cuidado. Una especie de suicidio es esto, no se nos escapa, pero es que fundamentalmente somos creyentes en la literatura, no mercaderes de libros, los lectores me entenderán perfectamente. Somos muy creyentes, ya digo. Nuestro santoral lo puebla una serie de nombres a los que nos encomendamos con devoción: creemos en San Cyril Connolly el cínico, en San Ives Bonnefoy el símbólico, en San Marcelo Schwob , el otro Marcelo, como lo llama Luis Alberto de Cuenca en algún poema, en San Antonio Gamoneda, el último poeta desgarrado, en San Jorge Luis Borges por supuesto, uno de nuestros ángeles mayores, en San Italo Calvino y en algunos poemas de amor de San Pedro Salinas. Creemos también en San Marcel Duchamp y en las madonnas de San Giovanni Bellini y hasta en San Joseph Beuys. En el divino Marqués, por supuesto, y en su mentor San George Bataille. Y no podemos dejar de creer después de todo en que un buen día se nos aparezca el Señor Dan Brown hecho hombre y nos deje un libro exento de derechos de autor que nos librará de las tinieblas. Creemos en fin en los mensajes SMS, en la investigación con células madre y en las inusitadas posibilidades que nos ofrece la nanotecnología y la biociencia. Y en un mundo paradójico pero sin violencia también creemos, y así nos va, pero ese es otro tema.
Nos interesa, y concluimos ya esta pequeña presentación, la Literatura, así, con mayúscula y sin más, y el libro, claro, como objeto bello. Una editorial, pues, para lectores (y escritores también, claro, que deben mandarnos sus originales) como usted, que diría nuestro ínclito Pedro Erquicia.
Francisco Javier Torres |
 |